Hipopótamos marinos

Martes, 1 de diciembre de 2009 Sin comentarios
Isla de Orango, Guinea-Bissau, 18 de septiembre

Hola a todos. Pienso mucho en vosotros, sobre todo durante los momento de contacto con la naturaleza. Son las 3 y media de la tarde y acabamos de regresar de una jornada intensísima.
Pero mi relato se quedó ayer por la noche, cuando me fui a cenar. Eran como las ocho de la tarde y cuando llegué a la zona de comedor estaba ya todo el mundo tomándose una cerveza o un refresco. Cuando digo todo el mundo hablo del resto del equipo, pero también el grupo de oftalmólogos de que os hablé ayer, que se hospedan en el hotel y a los que CBD Hábitat está prestando sus infraestructuras para que puedan desarrollar su labor en los días que permanezcan por el archipiélago.

Después un buen rato de charla, en donde, por cierto, alguien pasó un plato de lomo (que habían traído los oftalmólogos de España, claro), nos fuimos todos a cenar a la gran mesa del hotel. Allí nos sirvieron combé, marisco de concha similar a los berberechos, acompañado de una salsa deliciosa a base de mantequilla, pimienta y otras especias. El segundo plato fue guiso de cerdo (al que habíamos oído matar durante la comida; pobrecito), acompañado de cus-cús y arroz. Y de postre, macedonia de frutas.

Me habría encantado bajar a la playa después de la cena para contemplar las estrellas, pero la verdad es que lo desaconsejan bastante los responsables del hotel, por los posibles peligros que acechan en la noche (sobre todo, serpientes venenosas). Así que no me quedó más remedio que irme a dormir a mi habitación.
Esta mañana habíamos quedado en desayunar a las 7:15, para salir del hotel como a las 8. Menos mal que los ruidos del bosque (cientos de reclamos de aves) y la luz del amanecer me han despertado, puesto que el avisador del móvil no me ha funcionado… Tras una gélida ducha, me he vestido y he llegado a tiempo para el desayuno, a base de café o té, leche, un bizcocho riquísimo y pan con mantequilla y mermelada. De alguna forma me ha recordado a los desayunos de los campamentos de la parroquia…
Después nos hemos subido a la misma barca con la que llegamos ayer desde el continente, para dirigirnos a otra zona de la isla de Orango. Hemos entrado por lo que la gente de aquí llama un río, pero que realmente es uno de los canales de agua marina que se abren paso hacia el interior de estas pequeñas islas arenosas. Estos “ríos” están flanqueados por espesos bosques de manglares, en los que habita una variadísima fauna. Nosotros hemos visto, fundamentalmente, buitres de las palmeras, pero también un par de monos, bastante de refilón pues son animales esquivos, y muchas aves, como pelícanos y córvidos, además de otras especies a las que no sé poner nombre.


Llegado cierto momento del recorrido, hemos tenido que bajar de la barca y caminar unos metros con el agua por las rodillas. Para ello nos hemos descalzado y la verdad es que impresiona bastante, por más que te tranquilicen Luis e Iris, los biólogos, caminar sobre un fondo de lodo en el que imaginas puede haber todo tipo de animales deseosos de chuparte unas gotas de sangre. Por fortuna, nuestros miedos se han demostrado infundados y hemos llegado sin contratiempo ninguno a tierra firme.

A partir de ese momento, hemos caminado unos cientos de metros hasta que hemos llegado a una pequeña tabanca, precedida por dos enormes baobabs y alguna ceiba. A diferencia de la que visitamos ayer, en esta tabanca apenas había gente pues, según nos han contado los biólogos, la mayoría de las mujeres y hombres estarían trabajando en el campo. Esto nos ha dado la oportunidad de observar sin interrupciones algunos de sus utensilios domésticos, como los recipientes de madera cóncavos donde separan los granos de arroz de la cascarilla o algunos caparazones de tortuga, que utilizan para los usos más diversos.

También, unas cintas confeccionadas mediante hojas de palma con las que los hombres se ayudan para subir a las palmeras y recolectar sus frutos. Esos frutos, de color rojizo, son la base del aceite de palma tan importante para la alimentación e intercambios comerciales de estas gentes. Quien nos ha demostrado cómo realizan esa ascensión ha sido João, el único guarda del parque, especializado en el seguimiento y protección de los hipopótamos y que, además, nos ha acompañado durante toda nuestra excursión.

Avanzando por la sabana hemos tenido la oportunidad de ver bellísimas lagunas, no sin antes remojarnos los pies de lo lindo en todo tipo de lodazales y regatos. De esta manera, hemos recorrido parte de la isla durante, más o menos, una hora hasta que al fin, cuando ya escuchábamos el rumor del mar, hemos llegado a la mayor de todas las lagunas. La presencia de los hipopótamos era evidente, sobre todo por la visión de numerosas huellas y excrementos. Pero también por una de esas sensaciones mágicas, intuiciones que te desvelan que algo importante va a pasar.


Cuando andábamos buscando dónde estarían, de pronto el sonido inconfundible de sus hocicos vaciándose de agua al salir a la superficie de la laguna, nos ha dejado el corazón sobrecogido, y al tiempo expectante. Los hipopótamos estaban detrás de una zona de vegetación que nos impedía verlos. Así que hemos tenido que bordear la superficie de agua, hasta situarnos en el punto opuesto. Y allí los hemos contemplado durante un buen rato, disfrutando de un espectáculo realmente único. A pesar de todo, David estaba bastante decepcionado, pues él esperaba fotografiarlos de cuerpo entero.

Después de esta experiencia, ¿qué más podíamos hacer? Nuestros anfitriones lo tenían claro: un picnic en la playa, donde nos esperaba nuestra barca, y un buen baño en el mar. Todo delicioso, excepto por el hecho de que los chicos de la expedición no llevábamos bañador. Así que no nos ha quedado más remedio que hacerlo en calzoncillos.
Pero antes, nuestros chicos de la barca, empleados del proyecto CBD, nos tenían reservada una sorpresa: una serpiente muerta que, parece ser, les había caído encima cuando buscaban la protección de un grupo de árboles al borde de la playa. Ellos decían que era muy peligrosa, aunque luego Luis nos ha comentado que se trata de un tipo de culebra completamente inofensiva.
Os escribo ahora por la noche, pues esta tarde también hemos hecho cosas interesantes.
Tras una pequeña siesta y un café, David y yo nos hemos ido de nuevo a la tabanca de Eticoga para hacer algunas fotos de la gente. Por ejemplo una simpatiquísima mujer manejando una máquina de coser de las de pedales, como las que tenían nuestras madres y abuelas, y que se encarga de coser las faldas y vestidos de la mayor parte de las mujeres del poblado.

De vuelta nos hemos encontrado con el resto de la expedición, que venían a buscarnos y, en las inmediaciones del hotel, también con los biólogos, con los que hemos pasado el resto de la tarde, en animada conversación, hasta el momento de la cena.
Ahora estoy escribiendo en la cama de mi habitación, en donde espero dormir hasta mañana sin contratiempos. Realmente estoy muy cansado, aunque también muy feliz de haber disfrutado de las experiencias del día y de estar en este lugar tan increíble.

Os echo mucho de menos. A todos.
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Ambuduco, poblado sagrado bijagó

Martes, 1 de diciembre de 2009 Sin comentarios

Isla de Orango, Guinea Bissau, 19 de septiembre


Hola a todos:
Empiezo a sentir la fatiga del viaje. Y eso que duermo bastante bien en el cuarto de invitados de Laurent, que la noche pasada me dejó solo, pues se ha ido a preparar la zona de la playa de Poilao en la que acamparemos mañana. Así que ya veis, en plena África y con toda una casa para mí solito, que ya querrían cualquiera de las familias que viven aquí…

Hoy comenzamos a las 8 de la mañana. Tras el desayuno, nos hemos subido a nuestra barca para llegar a la tabanca más antigua de estas islas, Ambuduco. Para ello, hemos tenido que atravesar otro de los espectaculares manglares, que son la principal riqueza del parque de Orango por la biodiversidad que albergan entre su troncos y raíces flotantes.

Una vez desembarcados, hemos caminado como un par de kilómetros a través de sabanas y bosque tropical seco, hasta llegar a Ambuduco, considerado sagrado por todas las tribus bijagós. Hace unos años se tuvo que trasladar unos metros más arriba, a causa de las frecuentes inundaciones. Pero, al tratarse de un lugar de especial veneración para la población local, lo que han hecho los habitantes es trasladarse y dejar las primigenias cabañas de adobe y techos de palma al cuidado de un hombre grande. No recuerdo si os conté que estos hombres grandes son los auténticos dirigentes de las tabancas, personas por las que, de forma indefectible, pasan las principales decisiones que afectan a la vida comunitaria.

Aparte de lo especial que sea Ambuduco para los bijagós, lo cierto es que todas las tabancas están construidas en lugares que se consideran sagrados por un motivo u otro. La mayor parte de las veces, por la existencia de ceibas (poilaos, como los llaman aquí), esos árboles enormes, con troncos en los que se abren cavidades y que nos llaman la atención cuando visitamos el Parque Genovés o el Botánico de Cádiz.

En Ambuduco hemos tenido la oportunidad de ver, al fin, a hombres trabajando (las mujeres es evidente que lo hacen, y mucho). En concreto, en una pequeña cabaña de forma circular, abierta, algunos hombres del poblado habían instalado una forja bastante rústica, en la que funden el metal con que fabrican sus herramientas (machetes, azadas y, en general, aperos agrícolas).

Después hemos dado una vuelta por el resto de la tabanca, por supuesto levantando una gran expectación entre sus habitantes, no del todo acostumbrados a la presencia de “brancos peleles” (hombres blancos) entre sus calles. Patricia, la chica de nuestra expedición, ha enseñado a los niños a formar un corro y luego una cadeneta de manos y cuerpos. Ellos se lo han pasado genial. Y el resto del equipo, viéndolos, también.
Más tarde hemos pasado un buen rato entre las ceibas, árboles bellísimos, pero también algo inquietantes; sobre todo cuando se sabe que suelen ser morada de algunas de las especies de serpientes más peligrosas del archipiélago: fundamentalmente la mamba verde, pero también otras especies como víboras y distintos tipos de cobras, como la escupidora. Hemos tenido la suerte de ver una de estas últimas reptando por la base de una de las ceibas. Era bellísima, pero también reconozco que su presencia resultaba bastante escalofriante.

Por eso, cuando David me ha pedido que me metiera en uno de los huecos de una ceiba, la verdad es que me he resistido bastante aunque, al final, la foto ha quedado muy bonita.

Tras la visita a Ambuduco hemos regresado al hotel, para darnos una ducha antes de comer, pues entre todo el lodo que nos toca pisotear y el sudor permanente, por el impresionante calor húmedo que hace aquí, nos pasamos todo el día pringados. La comida, como suele ser habitual, se ha hecho esperar un buen rato. Esto, lo de la tardanza en el comer, los primeros días nos tenía un poco desesperados, pero ya vamos entrando en el juego y, si te digo la verdad, me voy sentando a la mesa cada vez con menos apetito. Y eso que gasto energético sí que hacemos (y mucho).

Tras la comida, hoy ha habido siesta. Y después hemos ido de nuevo a Eticoga, donde teníamos concertada una entrevista con Augusto, el enfermero que, pese a estar contratado por el Gobierno, lo cierto es que recibe su salario gracias a la aportación de la familia de un voluntario que estuvo por la zona. Y menos mal que es así, pues Augusto es el último “superviviente” de un grupo de enfermeros que el Gobierno de Guinea-Bissau repartió por estas islas, en un encomiable esfuerzo de prevención sanitaria y tratamiento de dolencias básicas, que muy pronto se quedó sin presupuesto.

Durante la entrevista con él me ha mostrado el consultorio. Me ha dejado impactado la serenidad y también la humanidad y entrega de un muchacho tan joven como él (no creo que llegue a los 25 años). Alguien que ha abandonado su mundo en Bissau para venirse a este recóndito rincón donde, como te puedes imaginar, un sanitario lo es durante las 24 horas del día. Y una de las cosas que me más me ha emocionado es que él es el partero de la zona: en el centro hay una mesa paritoria donde, según él mismo, ha salvado de una muerte segura a muchas mujeres y bebés.

Tras grabar unas imágenes en el consultorio, Luis e Iris nos han presentado a Antonio, el director del Parque Nacional de Orango. Todo un personaje, castrista de pro, locuaz, divertido y también muy humano.
Sobre lo del castrismo de Antonio, todo tiene explicación. Parece ser que durante buena parte de los años 80, el régimen de Cuba se llevó a centenares de niños de las repúblicas comunistas de África para darles formación en ese país americano. Fruto de aquella política es una generación entera con una preparación realmente privilegiada. Ellos son ahora los que ocupan la mayor parte de los puestos de responsabilidad en esos países, y quienes se están encargando de educar al resto de la población. Aunque también es cierto que muchos de los que vivieron la experiencia renieguen del adoctrinamiento de un régimen que, igual que les formó, les privó de una parcela importante de su libertad.

Hemos aprovechado la presencia de Antonio para hacerle una entrevista para la tele, al tiempo que nos ha llevado a la pequeña laguna que hay junto a la tabanca y donde, según nos contó, es habitual ver a Pimbal, un hipopótamo macho y solitario, que va de un lado a otro de la isla buscando “su lugar en el mundo”. En esa misma laguna parece ser que también hay cocodrilos. Pero, por desgracia, nosotros no hemos visto ni a uno ni a los otros.

Junto a esta pequeña laguna es donde se encuentra el almacén o mercado donde las mujeres de la tabanca intercambian su mercancía, apoyadas por microcréditos que, aquí, como en el resto de África y del mundo en desarrollo, tanto bien han hecho para la subsistencia de muchísimas familias.

Tras la visita a la tabanca, nos hemos vuelto al hotel, siguiendo el camino del “puerto” de Eticoga y llegando a la playa, donde hemos disfrutado de un bellísimo atardecer, con los rayos del sol abriéndose paso entre nubes que adoptaban tonalidades rojizas.

Ya en el hotel, mientras me tomo una cervecita (ya viene siendo habitual esta rutina), algo apartado del resto del grupo, os estoy escribiendo estas palabras.

En un ratito nos llamarán a cenar, aunque con la calma que tiene el personal me temo que aún nos tocará esperar un buen rato. No me importa. Pese a que este viaje es bastante duro, la verdad es que me siento feliz de estar en un lugar así, disfrutando de una experiencia tan intensa.

A pesar de todo, cuento los días hasta el momento de veros a todos. Os quiero mucho.
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El milagro de las tortugas verdes

Martes, 1 de diciembre de 2009 Sin comentarios

Isla de Orango, Guinea Bissau, lunes 21 de septiembre

Anoche no pude escribiros, pues no me llevé el portátil a la isla de Poilao, donde dormimos. Y me alegro de no haberlo hecho, pues toda la ropa y el resto del material que utilizamos allí está empapado. Y no es porque realmente se haya mojado porque haber llovido o porque el equipo se haya caído al mar, sino por la tremenda humedad que encontramos donde quiera que vayamos en este bellísimo archipiélago.

Pero todo por partes. Del hotel salimos bastante tarde para lo que habría sido deseable. Pero las mareas, más que cualquier otro condicionante, son las que determinan el ritmo de nuestras excursiones. Si está baja no podemos acceder hasta el fondo de los manglares con la barca, y si está subiendo no podemos ir de isla en isla, pues entonces el oleaje resulta demasiado fuerte y pegamos unos botes bestiales dentro de ese cascarón de aluminio. Así que ayer salimos como a las 10:30. Tras una hora y media de ruta llegamos a João Vieira, isla principal de un pequeño subarchipiélago arenoso que forma parte también de las Bijagós. En esa isla se encuentra la sede del otro parque nacional de la Bijagós, el de João Vieira-Poilao, entre cuyas islas los patrones de las barcas se mueven con cuidado extremo para evitar encallamientos.

En la oficina del parque conocimos a Hamilton, máximo responsable in situ del parque. También a una parte del personal, entre los que se encontraban Tomé y Seco. Éste último es un antiguo cazador de papagallos grises –papagallos cenicientos– (que aquí venden por unos 100 euros a traficantes internacionales de especies exóticas). Seco ahora se ha transformado en salvaguarda de ese ave tan amenazada, gracias ese tipo de reconversiones que tan bien hacen los responsables del medioambiente de algunos países africanos, con el apoyo de instituciones internacionales (entre ellas, CBD Hábitat y MAVA, la organización suiza que les ha contratado para este proyecto).

Como a la hora a la que llegamos a Poilao resultaba imposible ver los papagayos (se avistan a primera hora de la mañana o al atardecer), lo que hicimos fue adentrarnos por el centro de la isla, a través de una espesa selva, para ver las marcas con que los cazadores furtivos señalan “sus” árboles, según un ancestral sentido de la propiedad que el resto de habitantes de la isla respeta escrupulosamente.
Después tuvimos un pequeño picnic en la playa y nos subimos de nuevo a la barca para dirigirnos a Poilao, distante una media hora de navegación.

Poilao es un islote muy especial, pues se trata de uno de los lugares más importantes del mundo para la reproducción de la tortuga verde. Cada año llegan aquí unas 34.000 tortugas hembra, entre junio y diciembre, para depositar sus huevos en la arena. Nosotros hemos asistido a todo el proceso y os puedo garantizar que ha sido una de las experiencias más emocionantes y gratificantes, a nivel profesional y personal, de mi vida.

El relato merece ser contado con detenimiento: a la llegada al islote (apenas un par de kilómetros cuadrados de extensión) nos esperaba el equipo del hotel, encabezado por Laurent, el director, que habían montado en un claro de la selva y junto a la playa un campamento de tiendas de campaña.
También nos esperaban César y Antonio, dos de las personas que el parque ha contratado para llevar un control de las puestas. Ellos son los que nos facilitaron nuestro trabajo, actuando como los mejores guías del mundo.
Después de un baño en el mar y durante un breve paseo por la playa, Iris nos mostró una pequeña tortuguita que acababa de abandonar el nido y que se dirigía, más bien torpemente, hacia el mar, atravesando un largo tramo arenoso. La cogimos, pues estaba en muy mal estado y la depositamos en un pequeño charco a la espera de que la marea se la acabara llevando. Más bien con pocas esperanzas, todo hay que decirlo…

Entonces, César y Antonio nos indicaron que les siguiéramos, pues tenían localizado un nido recién eclosionado. Así que allí nos dirigimos. En el camino nos encontramos con dos tortugas adultas muertas, parece ser que demasiado viejas para retornar al mar tras su última puesta. Lo cierto es que el corazón se te encoge viendo estas cosas. Tras unos 200 metros, nuestros dos guías se adentraron en uno de los cientos de agujeros practicados por las tortugas en el fondo de la playa y empezaron a retirar arena, con un cuidado exquisito. Enseguida aparecieron las patitas, prácticamente negras, de las primeras tortuguitas del nido. En apariencia parecían muertas, pues no se movían. Impresión errónea, pues parece ser que necesitan un tiempo de adaptación a sus nuevas circunstancias vitales (aire, luz…). Como el proceso puede llevar bastantes minutos, César retiró un poco más de arena y, en ese momento, se produjo algo milagroso: decenas de tortuguitas empezaron a surgir del agujero, moviendo rápidamente sus patitas y con una fuerza para salvar los obstáculos que hallaban al paso realmente prodigiosa. Debo reconocer que me puse a llorar. Pero es que, sin duda, fue uno de los momentos más emocionantes de todos mis viajes: el milagro de la vida. Algo que nunca se me olvidará, que espero contar muchas, muchas veces y que nunca me aburriré de compartir.

Queríamos seguir el camino de las tortuguitas hacia el agua, pero los guardianes del parque deben hacer su trabajo que es, precisamente, contarlas. Para eso las meten en un cubo, las dejan al borde del mar y es entonces cuando las cuentan. Este nido, en concreto, tenía más de 150, a las que salvamos de una muerte casi segura, pues de no haber estado nosotros allí, sus depredadores naturales (todo tipo de aves, varanos y cangrejos fanstasma) habrían hecho su trabajo.

Tras esto, la noche cayó rápido, y de vuelta al campamento ya nos esperaba la cena en la mesa. Laurent, pescador profesional, había capturado algunos jacks (sarellas) que los chicos del hotel hicieron a la brasa y que comimos acompañándolas con bicas (otro pescado, de carne blanca) marinadas con cebolla y limón. Todo delicioso.

Estábamos muertos, realmente agotados después de tantas y tan gratificantes vivencias. Lo que más nos apetecía era ir a dormir, pero antes aún nos quedaba uno de los platos fuertes de este viaje. Para eso había que esperar a las 11 de la noche, hora en que la marea estaría alta y que las tortugas grandes tendrían más fácil el acceso para el desove.

Mientras llegaba ese momento nos entretuvimos contando anécdotas de otros viajes, mientras que parte del equipo se fue a dormir un rato. Y yo aproveché también para observar las estrellas, en un firmamento prácticamente libre de luz artificial, pues en Guinea Bissau no hay suministro eléctrico.

Un poco antes de las 11, César nos dijo que podíamos ponernos en acción. Así que avisé al resto de la expedición y nos encaminamos a una pequeña península arenosa que hay al lado norte del islote. Al poco de empezar a caminar, iluminados por linternas de luz roja para no perturbar a las tortugas (que prefieren darse la vuelta si consideran que algo puede suponer un peligro para su puesta), ya distinguimos la silueta oscura de una que ascendía por la playa. Vimos también a dos más excavando en la arena para hacer el nido. Y vimos a una cuarta que ya tenía hecho el agujero, en el que empezó a depositar los huevos.

Fue increíble contemplar en vivo y en directo uno de esos instantes de la naturaleza que normalmente sólo ves a través los documentales de la tele. Increíble, emocionante, maravilloso. Mientras la tortuga estaba realizando el sobreesfuerzo de poner tantos huevos, comprobamos que es verdad lo de que las tortugas lloran. Imagino que no sólo por el esfuerzo de la puesta, sino porque es la forma con que la naturaleza les permite quitarse de los ojos la arena que ellas mismas impulsan con sus patas traseras y que, por otro lado, cubre también buena parte de su caparazón.

Pasaron muchos minutos hasta que la tortuga elegida para nuestra observación nocturna terminó la puesta y muchos más antes de que concluyera el trabajo de tapar el nido y regresar al mar.
Después nos fuimos a dormir, cada uno a su tienda, donde hacía un calor espantoso. De hecho, apenas pude dormir, también por la impresión de que me estaban picando bichos. Impresión cierta, pues al día siguiente tenía todo el cuerpo lleno de picaduras, sobre todo en las piernas y pies.

Tras tan mala noche, cuando comprobé que empezaba a clarear me levanté y me fui a dar un paseo por la playa. Y entonces me quedé alucinado: más de cien tortugas estaban intentando regresar al mar después de la puesta. El esfuerzo resultaba excesivo y muchas parecían rendidas, inmóviles, casi a punto de morir. Pero eso era tan sólo una impresión falsa. La realidad es que estaban esperando la llegada de la marea alta.

Mientras tanto, nosotros aprovechamos para disfrutar de ese espectáculo bellísimo y no menos mágico que el nacimiento de sus crías. Cuando al fin subió la marea y las olas conectaron las lagunas en que muchas de ellas estaban varadas con el mar, vimos como se adentraban en sus profundidades, sacando sus cabezas de vez en cuando para respirar y orientarse.

Es entonces cuando César, uno de los guardianes del islote, nos ha contado que esta misma operación la suelen repetir 15 días más tarde. Y así nos los ha confirmado Luis, más tarde, al consultar los datos que tiene en el ordenador del hotel. De hecho, la tortuga verde puede realizar hasta cinco puestas al año. Desde luego, viendo sólo una de esas puestas, el esfuerzo de cinco nos parece imposible.

Mientras vivía esta experiencia he pensado en muchos de vosotros. Os he imaginado mientras nos emocionábamos al contemplar semejante espectáculo, convencido de que también habría sido una de las experiencias más bonitas de vuestra vida.

De vuelta al campamento ya estaba todo prácticamente desmontado, así que he desayunado rápido (café con leche y un bizcocho riquísimo, que había hecho Ignacio, nuestro guapísimo cocinero) y he recogido mis cosas.

Para el regreso en barca al hotel, Laurent se ha empeñado en pilotar. Y lo hemos sufrido, porque el mar estaba bastante picado y él, que como buen francés que es, debe tener admiración por Alain Prost, ha acelerado sin contemplaciones la barca. De pronto, cuando íbamos a toda velocidad, hemos visto un grupo de aves sobre el mar, evidencia de que algún gran animal marino había dejado su rastro de despojos de pescado. Y, efectivamente, así era. Un grupo de delfines mulares (o delfines de acuario, esos que hay en los zoos de casi todo el mundo) se alejaba del lugar. Hemos ido a su encuentro y ellos nos han acompañado durante un buen rato, jugando con nosotros, mirándonos con tanto interés y alegría como nosotros los mirábamos a ellos. Para eso, se ponían en paralelo a la proa del barco, en posición lateral. Luego se cruzaban entre ellos, para finalmente saltar justo enfrente de la barca, salpicándonos. Con este juego hemos estado casi 15 minutos, contentos y sorprendidos de la belleza, agilidad e inteligencia de estos animales.

Después hemos continuado camino del hotel, adonde hemos llegado hace tan sólo unos minutos. He entrado en mi querida habitación, me he duchado y me he puesto a escribirte en el comedor al aire libre del hotel, donde tengo que reconocer que me estoy quedando dormido. Así que voy a dejarlo por hoy. Mañana os contaré más experiencias. Os quiero mucho.
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Boda tradicional bijagó y otras costumbres

Martes, 1 de diciembre de 2009 Sin comentarios

Isla de Orango, Guinea-Bissau, martes 22 de septiembre

Hola a todos. Ya queda menos para vernos. Mientras tanto no me queda otra que seguir practicando esta suerte de comunicación retroactiva. Algo que me consuela mucho más de lo que yo pensaba, pues de alguna forma me hace estar en contacto no sólo con vosotros, sino también con nuestro mundo, nuestra civilización, que tan lejana se ve desde este recóndito lugar de África.

Continúo con mi relato, que ayer dejé interrumpido por culpa del sueño. De hecho, según apagué el ordenador, apoyé la cabeza sobre la mesa sólo un ratito y, cuando vino Luis a decirme no recuerdo qué, me di cuenta de que había estado dormido más de una hora.

Tras la comida, que yo apenas he tocado pues llevo un día un poco revuelto, con molestias intestinales, nos hemos ido a Eticoga caminando por la playa.

Allí, como sabían lo interesados que estamos en el tema del matriarcado (prácticamente perdido desde la independencia del país, en 1973), parte del personal del hotel, con sus amigos y familia, nos han organizado la representación de una boda bijagó. La particularidad de esta sociedad matriarcal radicaba en que era la familia de la mujer, por indicación de ésta, quien elegía entre tres candidatos posibles como marido. Para eso, la mujer cocinaba un cuenco de arroz que llevaba a casa de cada novio, en una comitiva flanqueada por mujeres que proferían agudos gritos de alegría, mientras cantaban y daban palmas. Frente a la casa del novio la comitiva era recibida por la familia de éste, encabezada por el tío del joven (mucho más importante que el padre en asuntos de relaciones sociales para los jóvenes bijagós), dispuesta a negociar hasta el más mínimo detalle, pues las exigencias de la parte de la novia solían ser descabelladas e intentaban poner a prueba la idoneidad y habilidad del joven con pruebas que a nosotros nos resultan bastante ridículas. Una de ellas consistía en cocinar un plato de ojos de pescado.

Algo muy aproximado a esto es lo que representaron para nosotros estos jóvenes tan entregados, con la aprobación de sus mayores (los hombres grandes). Bueno, lo hicieron para nosotros y también para el resto de la población de la tabanca, que disfrutaron y se rieron muchísimo con el teatrillo. Y como agradecimiento, Luis e Iris regalaron a los jóvenes una botella de cana, sin duda el mejor medio de pago de estas islas…

Al terminar la representación y mientras caminábamos por la tabanca, se pegaron a nosotros, literalmente, un montón de niños. Algo que viene sucediendo todos los días. Se pelean entre ellos por cogerte la mano y, cuando ya son varios, se reparten los dedos de cada mano, como diciendo, eres mío y yo soy tuyo en este momento. Muchos se quedan alucinados con el vello de mis brazos y no paran de acariciarlo, como si así quisieran comprobar si es real o un disfraz que me hubiera puesto con el propósito de engañarlos.

Acompañados por este séquito nos fuimos a recoger a los médicos, que continúan con su trabajo en la sede del parque nacional, operando a buena parte de los ancianos (y también a muchos jóvenes) de las islas cercanas.

Juntos nos volvimos al hotel, esta vez en el quad. Por el camino se nos cruzaron numerosos chotacabras, pájaros que David intentó fotografiar, pero que no consiguió, pues a diferencia de lo que ocurre con la mayor parte de las aves de estas islas (que no temen a los hombres, pues éstos nunca han tenido necesidad de cazarlos), esas aves se comportaban de forma bastante esquiva ante la presencia humana. No así ante los faros del quad, que parecían dejarlas hipnotizadas.

Ya en el hotel, ducha, cerveza precena, cena y directamente a la cama.

Esta mañana me levantado sin despertador, pues David y José Alberto habían quedado en salir temprano hacia la laguna donde vimos los hipopótamos, para intentar captar más imágenes de estos animales. Así que Patricia y yo hemos podido dormir hasta tarde y aprovechar la mañana para descansar un poco.

Yo me he levantado a las 9, pero Patricia lo ha hecho a las 10:30. Cuando ha venido a desayunar, Iris y yo le hemos hecho compañía y nos hemos puesto a charlar hasta que han llegado los expedicionarios, cerca de las 12:30. Por la cara de David, sé que les ha ido bien (supongo que luego me enseñará las fotos). Eso sí, venían empapados, pues les ha llovido justo cuando estaban en la laguna.

Tras la comida yo me he echado un ratito la siesta y luego hemos vuelto a Eticoga para grabar más planos de la realidad humana de la tabanca.

Ya de vuelta, ahora estoy tomándome una cerveza en el comedor, algo apartado del resto del equipo para concentrarme en la escritura. La verdad es que hay bastante jaleo por aquí, pues los médicos han empezado a recoger todo el material que están utilizando (se vienen con nosotros, en el mismo vuelo, a Lisboa y luego a Madrid) y esto empieza a ser un pequeño caos de cajas y narración de vivencias.

En un rato (espero que no mucho) comenzaremos a cenar. Mañana continuaré el diario.
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Del paraíso al caos: Keré y Bissau

Martes, 1 de diciembre de 2009 Sin comentarios

Bissau-Lisboa, sábado 26 de septiembre

Qué poquito me queda para regresar a casa… Aunque, parece ser que se va a retrasar nuestra vuelta, pues por una huelga de los empleados de la Tap, nuestro avión, que debía haber salido de Bissau a las 2 de la mañana, parece ser que no lo hará hasta las 6. Así que voy a aprovechar la larga espera, para poneros al tanto de lo que ha pasado estos últimos días en las Bijagós.


Lo cierto es que he tenido bastante olvidado el diario, así que debo hacer una ardua tarea de memoria para recordar todo lo vivido, que ha sido mucho e intenso.
Repasando lo escrito, veo que el relato se quedó en la tarde del miércoles. Pues bien, ese mismo día, antes de la cena, decidimos, que al margen del reportaje de viajes que estamos realizando para la televisión, gracias a todas las secuencias grabadas hasta este momento, tenemos suficiente material como para hacer un reportaje sobre naturaleza y de defensa del medioambiente. Así que los dos últimos días nos hemos dedicado a hacer entrevistas a los responsables de de los parques de Orango y João Vieira-Poilao, además de a gentes que viven en estas islas, que nos han contado su forma de vida y sus tradiciones. Así que, como veis, estas jornadas han sido bastante apasionantes desde el punto de vista profesional, pero también humano: es muy fácil sentirse bien cuando visitas a la gente de la tabanca y escuchas sus historias.

La tarde del penúltimo día tuvimos una reunión con los hombres grandes de Eticoga. Tenían curiosidad por conocer las razones de nuestra presencia y nuestro trabajo en las islas. Así que, aparte de responder a sus preguntas, también aprovechamos para informarnos sobre su organización y costumbres. Nuestras preguntas fueron respondidas más o menos, pues estos responsables de la comunidad dominan el arte de “salirse por peteneras” cuando se les plantean cuestiones que ellos consideran poco pertinentes.

Patricia les hizo muchas preguntas sobre la mujer y sus costumbres y sobre quién tomaba las decisiones importantes. Evidentemente, son los hombres y en concreto el consejo de los hombres grandes, al que pertenece sólo quien ha pagado al resto de miembros a lo largo de varios años (bienes de consumo: arroz, pescado, cana, cabras, cerdos…), los que mandan. Aunque en estas asambleas puede participar cualquier miembro de la comunidad para hacer sugerencias y preguntas, siempre y cuando se trate de un hombre.


Porque para las mujeres existe un consejo paralelo, el de las okinkas. Pese a lo que nos dijeron los hombres grandes, esa reunión bien poco tiene que decir en el caso de asuntos importantes, limitándose a una asamblea en la que se resuelven “cosas de mujeres”.

En el encuentro con los “hombres grandes” también intervino un muchacho bastante joven, Cristiano, que nos habló de los problemas reales de la gente del archipiélago: precariedad en el transporte hacia el continente (sólo hay una piragua pública, que pasa una vez a la semana por Orango), ausencia de infraestructuras sanitarias (parece ser que dos de sus mejores amigos han muerto en el último año por accidentes que en caso de tener recursos sanitarios no habrían pasado de un incidente sin importancia) y la limitada capacidad de participación en las decisiones de la comunidad de los hombres jóvenes que, por otro lado, son su sustento económico.

El penúltimo día de nuestro viaje recogimos nuestras cosas y nos despedimos, no sin cierta nostalgia, de todo el personal del Orango Parque Hotel. Con nuestra barca nos fuimos hacia Keré, la isla-hotel propiedad de Laurent. Para llegar hasta allí salimos el jueves por la mañana y tardamos cerca de dos horas. Cuando al fin vimos la silueta de esa minúscula isla, recortándose en el horizonte, sentimos como si estuviéramos llegando al paraíso.

El alojamiento se compone de nueve cabañas, montadas con mucho gusto, y dos edificios centrales, uno con las duchas e inodoros y el otro con el comedor y bar.

A la llegada a Keré nos esperaba en la misma playa Laurent, junto a Cami, el monitor de pesca del complejo, y otro muchacho francés del que no logré entender el nombre, aparte de algunos clientes: una familia de francés y senegalesa, con una niña de unos cinco años y un bebé de meses, que habían venido a la isla acompañados por un amigo suyo, rumano, que es el delegado en Guinea Bissau de una organización humanitaria estadounidense.

En cuanto dejamos las cosas cada uno en su cabañita, nos fuimos a comer. No sabéis qué cara se nos puso cuando, después de tantos días de cocina básica, nos pusieron una ensalada a base de tomate, zanahoria rallada, cebolla, rabanitos… ¡Deliciosa! Después, barracuda con una salsa de nata que estaba para chuparse los dedos, y de postre, mousse de limón. Os juro que en un sitio así y con semejante comida, era muy fácil sentirse en la gloria.

Desde luego apetecía quedarse allí y pasar la tarde bañándonos en el mar y relajándonos al sol. Pero el plan (que no estuvo nada mal) era acercarnos hasta Caravela para visitar un par de tabancas situadas junto a dos espectaculares bosques de ceibas, en los que resulta habitual observar monos de nariz blanca. Así que nos subimos a la barca y en algo menos de media hora llegamos a una preciosa playa de esa isla y comenzamos a caminar por un bosque bien diferente a los que cubren las islas de Orango, pues éste es de tipo subtropical húmedo.

Por fin llegamos al primero de los dos bosques de ceibas. Era increíble, con unos árboles altísimos. Realmente era fácil entender por qué los bijagós los consideran sagrados; había algo mágico en el ambiente. Pero, justo cuando más disfrutábamos de la contemplación, alguien gritó “¡formigas!” y enseguida decenas de voraces hormigas comenzaron a ascender por el interior de los pantalones. No os podéis hacer a la idea de cómo duele su mordisco, inmisericorde y absurdo (pues ellas no consiguen ningún beneficio con eso).

Así que no nos quedó más remedio que salir corriendo de allí.

En la primera de las tabancas nos esperaba la habitual comitiva de niños y mayores.
Pero no nos detuvimos demasiado en ella pues empezaba a caer la noche. David, José Alberto y yo nos pusimos en cabeza un momento y entonces escuchamos que algo se movía entre el ramaje. Era un mono, pero tanto se escondía de nosotros que no llegamos a verlo aunque, eso sí, nos reímos mucho con los gritos que emitía.


En unos minutos más llegamos a la segunda tabanca que, con seguridad, es la más bonita de cuantas hemos visitado en las Bijagós. Estaba distribuida en forma de círculo y con un núcleo de cabañas central. Junto a ese poblado es donde se encuentra el bosque de ceibas en el que resulta habitual ver a los monos de nariz blanca. Éstos son bastante rápidos y esquivos (la población local los caza para comérselos), pero me contento con haber visto cómo tres de ellos pasaban de rama en rama durante un buen rato.

La vuelta a la barca tuvo que ser bien rápida, pues aparte de que la noche acechaba, negras nubes amenazaban tormenta. A Keré llegamos ya de noche y con muchísimo miedo de que Armando, nuestro piloto, no distinguiera el camino correcto o nos estampáramos contra los afilados escollos que rodean muchas de estas islas. Por fortuna, se trata de un grandísimo navegante y llegamos a nuestro destino son mayores contratiempos.


Ya en Keré y mientras los demás se dedicaban a sus cosas, José Alberto y yo aprovechamos para darnos un baño en el mar, contemplando un maravilloso cielo iluminado por los relámpagos que se acercaban a la isla. Estuvimos como una hora a remojo, hablando de lo divino y lo humano y afianzando una bonita amistad.
Tras la ducha, a cenar. Esta vez sopa de cangrejo y albóndigas de bica con espaguetis y tomate frito. La verdad, excesivo para una cena, pero tan suculento que resultaba imposible resistirse…

Durante la cena comenzó a llover fuerte y a levantarse el viento. Así que lo que más apetecía era irse a dormir. Cuando llegué a mi cabaña, la ropa húmeda que había dejado en el porche para que se secara estaba completamente calada. En fin, ya no se podía hacer otra cosa…

Tras el proceso de extender la mosquitera, rociarla de insecticida y revisar las sábanas por si había alguna molesta presencia, me metí en la cama, convencido de que la noche sería larguísima.

No me equivoqué. La tormenta descargó toda su fuerza varias veces sobre la isla, con rayos y truenos estremecedores. En especial uno, que pareció romper el cielo. Con el miedo que me dan las tormentas, ya os podéis imaginar cómo lo pasé. Y, en soledad, sin la compañía del resto de la expedición, aterrado… Ya veis, que uno también es débil.

Pero, aunque tardó en amanecer, la mañana llegó. Ese día habíamos quedado en salir de pesca para completar el reportaje, puesto que la mayor parte de los que se hospedan en Keré es para disfrutar de esa experiencia, siempre de forma controlada (no más de cinco ejemplares de cada especie por barca de pesca y casi siempre se suelen devolver al mar). Pero, como seguía lloviendo y el mar estaba bastante revuelto, finalmente nos quedamos en en el islote haciendo realmente nada, hasta que llegó la hora de la comida.

Cuando terminamos ésta, recogimos nuestro equipaje y nos subimos a la barca para regresar a Biombo. Allí, en el mismo lugar del continente desde el que partimos una semana atrás, nos esperaba Manuel, nuestro chófer, para llevarnos a Bissau.

En un par de horas llegamos a la capital del país, por una carretera que el primer día, cuando la recorrimos de madrugada, nos pareció desolada y que ahora estaba repleta de actividad, con esos grupos de caminantes que recorren las grandes rutas del África Negra y que uno nunca se sabe si van o vienen ni por qué.

Continúo mi relato, ahora durante la espera en el aeropuerto de Lisboa para nuestro vuelo a Madrid, que sale dentro de tres horas.

Bissau no me defraudó. Esperaba encontrar caos y desde luego que lo vimos, además de pobreza, suciedad, desolación. Pero también mucha vitalidad e ingenio para superar dificultades de todo signo, además de intensos colores, olores y sabores. Tras pasar por el mercado central (es un decir) para comprar unos cedés que sirvan de banda sonora al reportaje televisivo y comprar algunos souvenirs (en mi caso, unos pequeño hipopótamos de madera), nos fuimos a entrevistar a Alfredo da Silva, director del IBAP (Instituto para la Biodiversidad de las Áreas Protegidas de Guinea Bissau), que nos habló sobre las seis zonas protegidas del país, algo muy sorprendente dado su tamaño, que es como dos terceras partes de Castilla-La Mancha.
En la sede del IBAP nos comunicaron que, pese a lo que habíamos planeado, que era ir a cenar a uno de los mejores restaurantes de Bissau, se nos esperaba en casa de Nelson Dias, auténtico artífice y adalid de las organizaciones institucionales para la defensa del medio ambiente de Guinea-Bissau. De esta forma, quería agradecer nuestra presencia en el país, así como el trabajo de los oftalmólogos, con los que nos encontramos de nuevo en Bissau.

Así que allí nos fuimos, atravesando polvorientas avenidas repletas de gente y animales, domésticos o no. La casa estaba a las afueras de la ciudad, muy cerca del aeropuerto.

Según llegamos,saludamos al señor Dias y a su mujer, que nos introdujeron en su bonita casa de estilo colonial. Muy pronto empezó a correr la cerveza, el vinho verde, las gambas, los cangrejos, los calamares, el arroz… Todo un festín que, por desgracia, tuvimos que dejar a medias para regresar al hotel en el dormirían Luis e Iris esa noche, para recoger nuestras maletas. Las pusimos todas en la parte posterior del pick up y nos dirigimos al aeropuerto con la esperanza de, al menos, facturar y poder relajarnos un poco hasta la hora del embarque.

Al llegar allí, como una hora después, me impactó la imagen más surrealista de un aeropuerto que he contemplado en todos mis viajes. Estaba cerrado y a oscuras, ni una sola luz, ni en la terminal ni el aparcamiento. Buena parte de los pasajeros del vuelo de Lisboa (el único que saldría ese día del país) se agolpaba en la puerta exterior de Salidas, a la espera de que abrieran. En esas condiciones, decidimos volver a la ciudad, tomarnos algo en uno de los sitios “para europeos” que hay en el centro y regresar posteriormente.

Antes de seguir, tengo que comentar algo que no recuerdo si he hecho antes: Guinea-Bissau no tiene suministro de electricidad. En ninguna ciudad del país. Esto significa que quien quiera luz en su casa o en su negocio debe instalar un generador. Aeropuerto, ministerios, hoteles e instituciones públicas internacionales, incluidas las delegaciones de Naciones Unidas o del Banco Mundial, nadie se escapa a esta forma de suministro energético. Pero, claro, los combustibles de África no son los de Europa. Aquí, a lo largo del proceso de distribución se van adulterando, por lo que, en muy poco tiempo los motores comienzan a sufrir averías. Para reparar esas averías, muchas veces hay que esperar semanas enteras. Es decir, puedes quedarte a oscuras, sin suministro eléctrico durante mucho tiempo, incluso contando con una instalación decente. En fin, África es así.

A la 1:30 regresamos al aeropuerto. Al fin habían abierto las puertas y comenzaba a haber actividad. Quizás demasiada, pues en el mismo lugar donde antes la gente se agolpaba de una forma más o menos ordenada, ahora reinaba el caos más absoluto. Gritos, empujones, zancadillas y los oxidados carritos de equipaje utilizados como parapeto ante las nada sutiles embestidas de quienes intentaban ser los primeros en facturar.

A nosotros nos costó más de una hora y media hacerlo. Y ahí comenzó un largo rosario de trabas burocráticas y de supuesta seguridad que deben pasar todos los pasajeros. Menos mal que nosotros, con eso de que Alberto y David llevaban sus cámaras, nos dieron tratamiento “de periodistas”. Y en muy pocos minutos conseguimos llegar a la sala de embarque.

Una vez dentro, y pese a la austeridad de la sala, el agotamiento pudo conmigo y en muy poco tiempo empecé a dar cabezazos sentado en una silla. Y, cuando al fin subimos al avión, más allá de las 6 de la mañana, el sillón me pareció la cama más deliciosa del mundo y me quedé completamente dormido hasta poco antes de aterrizar en Lisboa.

Ahora llevamos más de tres horas en ese aeropuerto, yo empleando el tiempo en escribir. Espero que os guste lo que he contado en él. Por mi parte, he intentado trasladaros buena parte de las sensaciones y emociones que tanto me han llenado durante estos días, en un viaje que, seguro, nunca olvidaré.
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Filigranas sobre piedra (arquitectura jemer en Tailandia)

Jueves, 12 de noviembre de 2009 Sin comentarios
Todo aquel que haya oído hablar del imperio jemer (o khmer) probablemente lo asociará con la monumentalidad de Angkor Wat, ese espectacular complejo de templos y palacios centenarios situado en Camboya. La asociación es lógica y coherente, si tenemos en cuenta que esta fue la capital de un territorio que, desde el siglo VII hasta el XIV, se extendió, en franco conflicto de intereses con la todopoderosa China, por todo el Sudeste Asiático, o lo que es lo mismo, por lo que en la época colonial se llamó Indochina y que hoy está dividido en cinco países: Camboya, Laos, Tailandia, Myanmar y Vietnam.
Angkor Wat es uno de los complejos de arquitectura religiosa más espectaculares del planeta. Pero no el único ejemplo de construcción jemer que se puede admirar. De hecho, y teniendo en cuenta las infraestructuras viarias y turísticas de esta zona de Asia, la provincia tailandesa de I-San es un buen lugar para comprender la belleza y armonía características de la arquitectura jemer, muchas veces integradas en una naturaleza casi salvaje y exuberante. Así, se podría iniciar un ruta de inmersión arquitectónica desde el mismo corazón de Bangkok y seguir la senda dejada por los constructores de aquel mítico imperio, adentrándose por el interior del país hasta llegar a las fronteras con Camboya y Laos.

En Bangkok, junto al Chao Praya, el río que todo lo articula y cuyos meandros dividen en dos irregulares partes la ciudad, se eleva la colorista silueta del Wat Arun. El “templo del amanecer” es uno de los edificios más reconocibles de la capital tailandesa, por su característica torre o pirámide central (prang) de más de 60 metros de altura. Desde la base, y tras subir cualquiera de sus cuatro pronunciadas escalinatas flanqueadas por coloristas imágenes hinduístas y budistas, se oberva una magnífica panorámica del río y de la ciudad. En ella destaca el Gran Palacio, sede de la pequeña y veneradísima figura del Buda Esmeralda, que durante unos años “residió″ en el Wat Arun.

Siguiendo un hipotético arco en direción Noreste desde Bangkok, el siguiente complejo de templos de esta ruta jemer es Phimai, a unos kilómetros de la ciudad de Nakhon Ratchasima. Una vez rebasado el pórtico principal, lo que más sorprende de este espacio es la escenografía de su prang, flanqueado por los restos de otras dos torres piramidales de menor tamaño. Con ser espectacular la tramoya del complejo, en lo que merece la pena fijarse es en la minuciosidad con que los escultores jemeres tallaron los frontales de los pórticos de entrada a las diferentes construcciones, en una prodigiosa filigrana que recuerda a los templos de la India; de hecho, los motivos son los mismos: escenas y personajes de la imaginería hinduísta.

Motivos que se repiten templo tras templo en esta ruta. Por ejemplo, en Prasat Phanom Rung, desde donde se domina una inmensa llanura compartida por Tailandia y Camboya. Al templo, edificado sobre un volcán extinto, se accede tras un rectilíneo paseo, en medio de una exuberante vegetación y vigilado por inquietantes figuras mitológicas. Uno de los datos más sorprendentes del complejo es su estudiada orientación Este-Oeste. De hecho, el sol ilumina el interior del templo central, el prang, en fechas y horas fijas, que coinciden con los equinocios, lo que demuestra el gran valor que el imperio jemer otorgaba a la astronomía, sobre todo cuando se asociaba a manifestaciones religiosas.

Prasat Phanom Ruang se encuentra próximo a las localidades de Buri Ram y Surim. Como el complejo de Mueang Tam, adonde conviene llegar a primeras horas del día, o bien a la caída de la tarde, cuando los dorados reflejos del sol acentúan los tonos rojizos de las piedras con fue construido. Aquí, la escenografía también fue el auténtico motor de los arquitectos jemeres, como se comprueba en la zona del estanque, donde se reflejan los volúmenes del prang, junto a representaciones pétreas de los dioses Brahma y Visnú.

El último de los complejos religiosos de esta ruta es Khao Phra Wihan, en el centro de un conflicto diplomático (aunque parece ser que ya zanjado) entre Tailandia y Camboya, sobre todo tras su declaración como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en 2008. Wihan, sobre los montes Phnom Dong Rak, es uno de los templos más espectaculares de esta zona del Sudeste Asiático. Sobre todo por su extensión, con mas de ocho hectáreas, y por la calidad escultórica con que los artistas jemeres quisieron dotar al complejo.

Ya que estamos en la zona, convendría visitar el Parque Nacional Pha Taem, en la frontera entre Tailandia y Laos que delimita el pausado flujo del río Mekong. Aquí, antiquísimas y espectaculares formaciones rocosas enmarcan un kilométrico muro donde los primeros tailandeses dejaron para la posteridad coloristas grabados que nos hablan de su forma de vida y de su simbología religiosa. Sin duda, éste es un magnífico lugar donde finalizar nuestra ruta por las huellas tailandesas del imperio jemer.

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Viena

Miércoles, 19 de agosto de 2009 Sin comentarios

La ciudad de Viena, atravesada por el río Danubio, es una de las más antiguas capitales de Europa, atesorando un importante patrimonio artístico y monumental. Hoy es la capital de Austria, pero también fue en su día capital de Hungría y capital del Sacro Imperio Romano Germánico.

Al estar situada en el centro de Europa, a lo largo de la Historia, desde la época de los romanos, siempre ha sido una hermosa novia deseada por muchos pretendientes. Sus calles han visto muchos ilustres personajes, de la talla de Carlomagno, Ricardo Corazón de León, Solimán el Magnífico, Carlos V, Napoleón Bonaparte, y, por supuesto, toda la realeza del Imperio Austrohúngaro. Con el Habsburgo Francisco José I, Viena llegó a tener más de dos millones de habitantes en 1916 convirtiéndose en la tercera ciudad más grande de Europa, detrás de París y Londres.

Actualmente Viena es una de las ciudades con mayor calidad de vida del mundo, un destino turístico de primer orden sobre todo para los amantes de la música clásica que pueden reencontrarse con Mozart, el genio musical más conocido de todos los tiempos, que vivió y murió en Viena a la edad de 35 años. Una experiencia sin igual para los oídos es asistir a un concierto de la banda Hofmusikkappelle o Niños Cantores de Viena, en la Opera del Estado de Viena o durante el Festival de Salzburgo.

Otros destinos turísticos imprescindibles en Viena son el Palacio de Schönbrunn, antigua residencia de verano imperial; el Museo Sisi, dedicado a la legendaria emperatriz Elisabeth de Wittelsbach, casada con el emperador de Austria y asesinada en Ginebra, el 10 de septiembre de 1898 por el anarquista Luigi Lucheni; el Palacio Imperial de Hofburg, residencia oficial de los Habsburgo durante más de siete siglos; la Noria Gigante, símbolo de Viena inmortalizada en la obra maestra el Tercer Hombre, película dirigida por Carol Reed e interpretada por el inolvidable Orson Welles; la Catedral de San Esteban, Stephansdom, situada en el mismo centro de la ciudad con su impresionante Steff, la torre sur de 137 metros de altitud…

Los tradicionales cafés vieneses, muchos de ellos sirviendo repostería y dulces desde hace más de doscientos años, lucen escaparates que solo con mirar, hacen relamerse a los más golosos. Como el famoso Demel, en la calle peatonal Kohlmarkt, pastelería que abastecía a la corte de Habsburgo y hacía las delicias de la emperatriz Sisi con sus violetas abrillantadas. Sin olvidarse del Sacher, situado en el hotel del mismo nombre, una clásica institución vienesa que gracias a una receta secreta de 1832 conquistó el mundo con su insuperable tarta Sacher.

Desde Viena se tiene al alcance varias interesantes excursiones como la visita a Salzburgo, o la más bucólica a los Bosques de Viena, donde podremos admirar bellos paisajes compuestos de ríos, montañas y lagos, y visitar el convento de Mayerling, lugar histórico donde se suicidó el heredero de la corona de los Habsburgo, Rodolfo I y su amante.

La excursión por el río Danubio hacia Melk, nos permitirá contemplar hermosos castillos a la orilla del río, para terminar visitando la Abadía de Melk, lugar donde residió Napoleón y Umberto Eco se inspiró para escribir su best seller “El nombre de la rosa”, tal vez debido a que su biblioteca es una de las más suntuosas de Austria, conteniendo 85.000 volúmenes y 1200 manuscritos de los siglos IX al XV. Su iglesia, inspirada en la iglesia de Gesú de Roma, es la obra cumbre del barroco austriaco con multitud de adornos dorados que semejan los palcos de un fantástico teatro.

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Camboya

Miércoles, 12 de diciembre de 2007 Sin comentarios

CamboyaMil años atrás, Angkor era la capital del reino de Camboya. Un gran reino que llegó a extenderse Por Laos, Tailandia y Vietnam durante seiscientos años. Sus reyes, que practicaban religiones venidas de la India, relacionados con el hinduismo y el budismo, erigieron monumentales templos de piedra para honrar a sus dioses. Hacia 1432, Angkor fue saqueada por el ejército de Siam y el rey y su corte abandonaron la ciudad devastada. Entonces fue cuando el bosque, armado con su exuberante vegetación, conquistó las ruinas de aquella gran capital y se hizo dueño y señor para siempre.

Hoy día, todo este complejo entramado de grandes templos, (Patrimonio de la Humanidad, declarado por la UNESCO en 1992) ha sido recuperado de la selva, encontrándose a pocos kilómetros de la ciudad de Siem Riep, convertida en el principal destino turístico de todo viajero que visita Camboya.

El área arqueológica más importante, comprende la antigua ciudad de Angkor Thom (Gran Ciudad), en la que se encuentra el templo de Bayón con miles de enormes estatuas de piedra de caras sonrientes, la Terraza de los Elefantes, que debe su nombre a los llamativos relieves que contiene de estos animales, Angkor Wat (La Ciudad del Templo), uno de los tesoros arqueológicos más importantes del mundo y seguramente el mayor complejo religioso jamás construido, así como muchos otros templos menores aunque no menos interesantes.

Es de destacar el templo de Ta Prohm, más conocido como el Templo de las Raíces (escenario de la película Tomb Raider), uno de aquellos maravillosos monumentos dedicados a Shiva, en el que se funden piedras, esculturas de dioses y selva, sobre el que parecen derramarse las hermosas y gigantescas ceibas, cuyas raíces recuerdan a la cera derretida de unas velas apagadas hace ya mucho tiempo.

Camboya

Esta joya de la naturaleza salvaje y eterna enfrentada a la efímera construcción humana, representa el escenario ideal que todo fotógrafo de viajes persigue y desea encontrar algún día.
La fotogalería de Camboya está realizada gracias a contribuciones de Manbos, Roberto Iván Cano, Kris Ubach y Samuel Sánchez.

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Vietnam

Miércoles, 12 de diciembre de 2007 Sin comentarios

Halong BayVietnam, un destino que parece estar de moda últimamente, es un país pobre, de régimen comunista, pero que actualmente goza de un rápido crecimiento económico que lo convierte en el primero del Sudeste Asiático. Vietnam no tiene grandes monumentos de los que presumir, sin embargo, su mayor riqueza a los ojos del turista, radica en sus impresionantes paisajes cuyos mayores exponentes son la Bahía de Halong , la región montañosa de Sapa y el prodigioso Delta del Mekong.

Nuestro viaje comienza en Hanoi, la capital del país, procedentes de Madrid, con escala en Bangkok, en un agradable vuelo con la Thai Airlines, pero que se hace algo pesado por la larga duración del mismo. Hanoi tiene unos tres millones de habitantes, la mitad de la población circula por las estrechas calles del barrio antiguo conduciendo ruidosas motocicletas y la otra mitad viaja de paquete en ellas en número de tres o incluso de cuatro personas procurando mantener un precario equilibrio en medio del enorme caos circulatorio. La contaminación es tal que todo el mundo va provisto de una mascarilla protectora confeccionada con todo tipo de materiales diversos y colores llamativos, como si se tratara de un adorno más de su vestimenta en lugar de una necesidad higiénica. La experiencia de integrarse en este caos durante un par de horas a bordo de una bicicleta-taxi ha sido una de las más impactantes que hemos recibido durante todo el viaje.

Los vietnamitas, y especialmente los hanoienses, son muy aficionados a degustar manjares que dicen ser exquisitos, pero que a nosotros nos causan cierta repulsa, como comer carne de cobra, de rata y, sobre todo, carne de perro (thit cho), algo que suele ser habitual en muchos países asiáticos. El que quiera aventurarse a probar estos platos típicos tendrá que buscar restaurantes locales especializados, pues en los locales turísticos tienen mucho cuidado de no ofrecerlos en su carta a los occidentales.

En Hanoi visitamos el lago Hoan Kiem (La Espada Restituida), donde se encuentra el templo Ngoc Son dedicado a Van Xuong (guardián de la Literatura), Quan Vu (señor de las Artes Marciales), Lac To (protector de la Medicina), Tran Hung Dao (héroe del siglo XIII) y a la Tortuga Sagrada (que se deja ver en el lago muy de tarde en tarde presagiando algún acontecimiento importante), el tradicional y milenario espectáculo de las Marionetas en el Agua, el Mausoleo de Ho Chi Minh y la pagoda Chua Mot Cot (Pagoda del Pilar Único) – con forma de flor de loto-, en Ngoc Ha, construida en el año 1049.

Siguiendo nuestra planeada ruta llegamos a la provincia de Quang Ninh, donde se encuentra Vinh Ha Long, la bahía de Halong (dragón que cae), declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994, probablemente el paisaje más fascinante de Vietnam, y, ciertamente, una de las maravillas del mundo. De esta bellísima y extensa bahía surgen más de 1600 islotes de roca caliza (archipiélago de Van Don) que sobresalen del mar como extrañas montañas cubiertas de cuantiosa vegetación de verde colorido, ocultas calas solitarias y extraordinarias grutas que conforman una especie de mundo encantado ajeno al paso del tiempo. Surcamos la bahía en un hermoso junco e hicimos noche al socaire de algunos islotes, disfrutando de una cena típica de mariscos de la zona bajo la luz de las estrellas.

Al día siguiente volamos desde Hanoi a Danang, en el centro del país, para visitar el Museo de Arte Cham, las Montañas de Mármol, la Playa de China, y a continuación, Phuc Kien, el puente cubierto japonés (siglo XVI) y la antigua casa Tan Ky (visitada no hace mucho por la reina Sofía de España) en la pequeña ciudad de Hoy An, que allá por el siglo I disponía del mayor puerto del sureste asiático y era conocida como Lamp Ap Pho (Ciudad de Champa).

Desde Hoian nos dirigimos a la ciudad de Hue para visitar la tumba de Tu Duc, el último emperador de Vietnam (siglo XIX), perteneciente a la dinastía Nguyen, que cedió su imperio a la dominación y colonización francesa. Luego embarcamos a bordo de uno de los dragones flotantes para remontar el río Perfume, llamado así por el aroma de las flores de loto que inundaban la zona antiguamente, hasta llegar a Thien Mu, una de las pagodas más famosas de Vietnam, conocida también con el nombre de Sed Divina, construida en 1601, y a la que, posteriormente, anexaron una torre octogonal de 21 metros en honor de Nhu Lai, conteniendo un buda de una tonelada. De regreso a Hue visitamos la ciudad imperial, cuya ciudadela fue la fortificación más grande construida por la monarquía vietnamita, rodeada por una muralla de más de diez kilómetros, permaneció inviolada hasta 1884 año en el que entró en esta ciudad prohibida el primer francés. Y para completar la visita de esta ciudad, es imprescindible no perderse el mercado Dong Ba, donde se puede encontrar todo tipo de comida local.

De nuevo volamos, esta vez con destino a la ciudad de Ho Chi Minh, antiguamente Saigón, la ciudad más grande del país y una de las ciudades más densamente pobladas del mundo, capital del estado de Vietnam del Sur antes de la reunificación que tuvo lugar después de la traumática guerra de Vietnam. Por esta gran ciudad se mueven diariamente cerca de cuatro millones de motocicletas (todas japonesas) en un ir y venir continúo que parece no tener fin. Visitamos el barrio chino, la pagoda Thien Hau, el Museo de la Historia, el antiguo Palacio Presidencial, la catedral católica de Notre Dame y el edificio de Correos.

La excursión hacia Tay Ninh se convierte en inolvidable cuando llegamos a la Santa Sede Caodaista , el principal monumento de una religión sincrética, exclusiva de Vietnam, que combina creencias del budismo, cristianismo, taoísmo y confucionismo. Es practicada por unos ocho millones de seguidores que afirman tener revelaciones de famosos espíritus difuntos como Jesús, Mahoma, Lenin o Shakespeare. Aquí se celebran cuatro misas diarias, al alba, al mediodía, al atardecer y a medianoche, en las que se juntan miles de discípulos vestidos de blanco, situándose las mujeres a la izquierda del templo, los hombres a la derecha y los cardenales, arzobispos y obispos en el centro, ataviados con vistosos colores que indican su jerarquía.

Otro lugar inolvidable, pero por motivos muy distintos, son los túneles de Cu Chi. Esta región, reconocida como una de las grandes productoras de caucho, fue virtualmente borrada de la geografía vietnamita como consecuencia de los llamados bombardeos de alfombrado efectuados por la aviación norteamericana. Aún se desconoce la dimensión real de estas vías subterráneas (estimadas en cientos de kilómetros) donde malvivieron miles de guerrilleros del Vietcom (como llamaban los norteamericanos a la resistencia armada de Vietnam del Sur). El lugar ha quedado como testimonio de la memorable guerra de Vietnam, cuyo saldo en víctimas -unos cuatro millones y medio- la ubica como la confrontación bélica más sangrienta después de la Segunda Guerra Mundial.

Nuestro destino siguiente, el Delta del Mekong, estuvo cargado de una pequeña pero cierta alarma en la prensa local acerca de un brote de malaria en dicha zona, pero como íbamos provistos de Malarone, Autan en abundancia y diversos dispositivos electrónicos ahuyentadores de mosquitos no nos preocupamos demasiado por este tema. Salimos hacia My Tho visitando de camino la pagoda Vinh Trang, construida en una mezcla de estilos arquitectónicos chinos, vietnamitas y de Angkor (Camboya). Después embarcamos para realizar un paseo por el río Mekong visitando uno de los famosos huertos de sus islas. El Cuu Long, el río de los Nueve Dragones, es uno de los ríos más caudalosos del mundo. Más conocido en Occidente como Mekong este río se divide en nueve brazos que en su desembocadura forman el mayor y más espectacular delta del mar de la China Meridional.

La ciudad más poblada del delta del río Mekong es Can Tho, a la que llegamos para realizar una excursión en barco por el río Rach Ngong hasta el curioso mercado flotante de Cai Rang, donde los productos, puestos a la venta de cada quiosco flotante, están suspendidos en unos postes, llamados beo cay, en la proa del barco, de modo que no es necesario vocear la mercancía a la venta como en los mercados terrestres.

Continuamos nuestro recorrido en autobús hasta la ciudad de Chau Doc, desde la que volvemos a embarcarnos para visitar un poblado Champa y algunas casas de pescadores, de nuevo en el río Mekong.

Al día siguiente, nuestro destino final en Vietnam consiste en llegar a Camboya navegando por el río Mekong desde Chau Doc hasta Phnom Penh… donde decimos adiós a la olvidada Conchinchina, reino de los Champas durante más de mil años.

Al contrario que otras veces, hemos realizado este viaje dentro de un grupo organizado, con todos los inconvenientes que presenta esta cómoda manera de viajar para un fotógrafo de viajes. Sin embargo, tenemos que decir que ha sido una experiencia muy provechosa, a pesar de lo apretado del trayecto y de las rutas previamente programadas. Ahora estamos convencidos de que en Vietnam uno puede viajar tranquilamente por su cuenta sin mayores problemas, es un país seguro, amable y con infinidad de posibilidades para todos los bolsillos. Hemos disfrutado de inmejorables hoteles, buenos guías y estupendos compañeros de viaje. Si prescindimos del sofocante calor, acrecentado por la inimaginable humedad ambiental… podemos decir que el viaje ha resultado casi perfecto.

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Mongolia

Miércoles, 12 de diciembre de 2007 Sin comentarios

Situado en pleno corazón de Asia, se abre un mundo de estepas, montañas y desiertos, donde los mongoles han hecho del nomadismo su principal forma de vida. Un país cuyo nombre evoca al gran Temujin, más conocido como Genghis Khan, quien en tan solo una generación llegó a formar el mayor imperio de toda la Historia, retirándose sin haber conocido la derrota.

Durante 23 días, valiéndose de los diferentes medios de transporte disponibles en cada momento, una furgoneta, caballos y camellos, David atravesó de norte a sur este país, recorriendo una distancia de más de 3.000 kilómetros. Teniendo en cuenta el escaso número de carreteras asfaltadas en este vasto territorio, casi 4 veces España, las jornadas en coche resultaban muy duras, al igual que los largos días a lomos de un caballo o entre las jorobas de los camellos del desierto del Gobi.

Para capturar en imágenes la esencia de la forma de vida del pueblo mongol, David vivió con ellos, levantándose al alba para ordeñar los yaks, pastorear los rebaños de ovejas, conducir las grandes manadas de caballos o participar en la vida cotidiana, llevada a cabo en el interior de las típicas casas desmontables originarias de las estepas, llamadas Gers.

Infraestructura escasa, distancias enormes, clima duro, comida monótona, dificultades para una cómoda higiene personal, hacen que la visita a este país no sea demasiado confortable para el turismo convencional, pero quizás por ello Mongolia es un país increíble.

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